Bomberos de Oviedo, desde 1849.

Desde su creación en 1859, el cuerpo intenta sofocar como puede los mismos problemas: la falta de medios y ahora, de personal.

La UE recomienda 100 bomberos por cada 100.000 habitantes; en Oviedo hay 70.

Fuente: El Comercio.

Corría el año 1849 cuando la compañía de seguros La Mutualidad se instaló en la ciudad y con ella llegó el primer reglamento de la Sociedad de Seguros Mutuos de Incendios de Casas y Edificios de Oviedo. Fue el germen para que una década más tarde se constituyera la Compañía de Bomberos. Arrancaron entonces las tareas para reclutar a un personal que, aunque suene a tópico, iba a jugarse la vida por salvar a los demás. Falta de empleados y carencia de medios son las dos demandas que se han repetido durante la historia de la organización y que llegan hasta hoy, donde la plantilla reclama nuevas incorporaciones.

Sin embargo, los fuegos que devastaban viviendas, de madera por aquel entonces, ya no son tan frecuentes y a los bomberos les ha tocado adaptarse: intervienen en excarcelaciones en accidentes de tráfico y han incorporado desfibriladores entre sus materiales, con cursos de asistencia sanitaria para formarse. Viven a alerta las 24 horas. ¿Cómo es un día en el Cuartel de los Bomberos?

Al turno cuarto de los cinco en los que se reparte la plantilla le ha tocado guardia en domingo. Son las diez de la mañana y ya trabajan con varios vehículos en el patio del cuartel bajo unos tímidos copos de nieve. Hace dos horas que comenzaron su turno y no volverán a sus casas hasta las ocho de la mañana del lunes.

«Lo primero que hace cada bombero es mirar el puesto que les corresponde en caso de que haya una emergencia y en función de ello, coloca su material en el puesto asignado. Todo está organizado de antemano», explica el jefe de turno, Jaime Pérez Fernández. En unos bancos con percheros colocados en los hangares del cuartel cada empleado deja su casco, cazadora, las botas con los pantalones a su alrededor para no perder tiempo y las emisoras que cogerán para comunicarse con los compañeros en caso de alarma. Con todo listo por si fuera necesario, revisan por alto el camión que les toca. Cada vehículo, de los 18 que tienen, se somete semanalmente a una revisión exhaustiva, lo que no impide que los bomberos «verifiquen que todo está en su sitio a diario».

La herramienta que llena los cajones de los camiones es mucha. Viendo los vehículos desde fuera, no parece tanta. «Conviene que recuerden dónde está cada cosa, para no perder tiempo en caso de una emergencia», aclara el jefe de turno. La flota del Cuerpo de Bomberos «en este momento es muy completa». El camión autoescala con un brazo articulado incluso dispone de un sistema interno de comunicación con Finlandia. Desde allí la empresa constructora puede detectar la avería.

Es una de las últimas adquisiciones del Ayuntamiento para el servicio, aunque estos días puede verse por las calles de la ciudad el vehículo más antiguo en activo y que aún funciona a la perfección. Se adquirió en 1976 y sustituye a otro más joven que está pasando en Madrid una de las periódicas revisiones obligatorias.

El 27 de abril de 1860, el Consistorio autorizó la adquisición de una bomba de agua contra incendios. A ese primer empuje a la por aquel entonces Compañía de Bomberos, y dadas las penurias económicas del Ayuntamiento, siguió una década de peticiones de material y herramienta frustradas en muchos casos; unas carencias que incluso hicieron peligrar su supervivencia con una propuesta de disolución fechada en 1877. Resistió y en 1898 inició el proceso hacía su modernización con la compra de una bomba de agua de vapor.

Cursos a diario.

Algunos de esos materiales adornan parte de las estancias del actual cuartel en El Rubín. En la segunda planta está ‘la casa’ de los bomberos. Unas habitaciones, una sala de estar donde por las noches ven películas, una biblioteca, la cocina y el comedor. Tras las primeras tareas de la mañana, suben a tomar el desayuno, siempre pendientes del sistema de megafonía y de luces, que en cualquier momento puede alterar la rutina. «Cuando estamos en el patio puede que no oigamos el aviso, por eso están también las luces: la roja es para las más graves y la azul para las salidas de menos riesgo», aclaran.

Ellos mismos cocinan. «Hay algún que otro cocinitas», bromean. El día de la visita de EL COMERCIO, el pasado día 12, toca una fabada que el veterano del cuartel, Víctor Naves, remueve con empeño. Mientras se encarga de la comida, otro grupo, de las 15 personas que forman cada turno, comprueba que las bombas de los camiones achican agua correctamente.

Estas tareas diarias se completan con el control de las tomas de agua de la ciudad. «Las vamos revisando periódicamente repartidas por áreas y si detectamos alguna incidencia informamos al Ayuntamiento», explica Pérez. Entre semana también suelen tener visitas de colegios y muchos cursos. Los bomberos tienen que estar continuamente reciclándose porque lejos queda la época en la que solo intervenían en la extinción de incendios. Ahora gran parte de sus salidas son por accidentes de tráfico. La pasada semana sus homólogos en Valladolid les impartieron un curso de excarcelación de heridos.

«Hace poco también hicimos otro de extinción de incendios en túneles y también el de técnico en asistencia sanitaria», subrayan. En sus coches llevan un desfibrilador para reanimar a una víctima en caso de una parada cardiaca y de que el personal sanitario no haya llegado. «Hacemos de todo», resumen.

Falta de personal.

Cada vez más tareas, aunque el personal no aumenta. Es una de sus principales demandas. También que tengan las mismas condiciones que otros cuerpos de bomberos de otras ciudades. Aquí no están reclasificados, lo que influye en las condiciones de acceso y también en sus salarios, similares al de otros funcionarios a pesar del riesgo que conlleva su profesión.

El problemas es que no salen plazas. Para este año está prevista la incorporación de un nuevo bombero y desde comienzos de los años 80 del pasado siglo no ha habido una renovación. El resultado: una plantilla envejecida.

En realidad, es una de las cuestiones que arrastra el cuerpo desde sus comienzos. En 1911 se llegó incluso a plantear la creación de una nueva compañía paralela a la existente y formada íntegramente por voluntarios: La Compañía de Bomberos Voluntarios. Aún así la duplicidad de inversiones para material y equipamientos dio al traste con la idea. Los bomberos sortearon un nuevo revés.

La Unión Europea recomienda que haya 100 bomberos por cada 100.000 habitantes. O sea, en Oviedo harían falta más de un centenar y medio, cuando la plantilla no llega los 70. De todos modos, aunque sean pocos y, según ellos, demasiado mayores se mantienen en plena forma. Cada tarde entrenan en el gimnasio que comparten con la Policía Local. En su tiempo libre practican casi cualquier tipo de deporte: submarinismo, cross de montaña, escalada, parapente…

Modernas comunicaciones.

Donde no tienen ninguna queja los Bomberos es en la calidad de los materiales. Disponen de un moderno sistema de localización por ‘gps’. El responsable de turno puede ir dando indicaciones a los empleados para, por ejemplo, llegar a un incendio. «En ciudad puede ser más sencillo, pero también atendemos en la zona rural y allí las indicaciones pueden ser más complejas», razona Pérez.

Además, disponen de un ordenador portátil con bases de datos de multitud de vehículos, por si precisaran conocer la ubicación exacta de algún dispositivo en caso de accidente de tráfico, y también con planos de grandes edificios, como el Palacio de Congresos de Calatrava, por si fuera necesaria la evacuación.

En sus albores, la Compañía de Bomberos sabía que había un incendio porque los párrocos hacían sonar las campanas de las iglesias y los serenos tocaban sus cornetas. Con la llegada del teléfono hubo discrepancias. En 1887 se estableció una estación central de teléfonos en la calle Jovellanos y comenzó a avisarse a los bomberos por el nuevo medio. Sin embargo, algunos miembros de la compañía no se fiaban del todo por la propia novedad porque no estaba contemplado en el reglamento. Así, el 5 de febrero de 1897 se registra un incendio en la calla de la Platería. El propietario, un notario, hizo uso de su teléfono para avisar a los Bomberos. Le dijeron que no se podía avisarles sin recibir parte del fuego por los serenos.

El problema radicaba en que no había un retén permanente de bomberos en los almacenes municipales, sino que al oír las campanas los que debían estar preparados en caso de incendio acudían a la llamada. Solo una persona permanecía en el cuartel. ¿Qué hacer cuando recibían la llamada de un particular? Quizás sea este el origen del actual sistema de guardias.

Una profesión de riesgo.

Tal vez en la historia reciente de la ciudad no hay incendios espectaculares que recordar. El ocurrido hace un par de años en la Química del Nalón podría llevarse ese primer puesto tanto por la nube de humo negro que llenó el valle de Trubia como por lo peligroso del incendio dado el tipo de material. Curiosamente, parte de los bomberos que ahora forman la plantilla iniciaron su actividad a comienzos de los 80, cuando se registró un incendio en el mismo lugar y con el mismo material. Fue el 22 de mayo de 1982.

Ese mismo año, unos meses antes se incendió el Gran Hotel España, en la calle Jovellanos. Lo recuerda bien Víctor Naves, el veterano. «Llevaba seis meses dentro de los Bomberos. Tuvimos que apagar el incendio en el que murió la propietaria por la inhalación de humos», rememora. También, cuando llevaba poco tiempo le tocó intervenir en otro con fallecidos en Llanes. «Murió un hombre que estaba intentando recatar unos documentos y su sobrino se tiró por la ventana y quedo parapléjico», relata.

Son momentos difíciles, al igual que los accidentes de tráfico «que intentamos paliar hablando entre nosotros. Ves cosas muy desagradables», comentan Severino Cueto y Rafa Pérez. Por suerte no han tenido que lamentar pérdidas de compañeros. «Hemos tenido algún accidente dentro del cuartel, al bajar por la barra, que ahora se usa solo para las intervenciones de emergencia», cuentan.

Naves destaca otro suceso en el que un bombero perdió la vida. Lo recuerda porque su padre formó parte de la Compañía. «Tengo fotos aquí con ocho años», asegura. El trágico incidente ocurrió el 28 de abril de 1959, cuando Evaristo Suárez Valdés falleció electrocutado en una intervención en el antiguo matadero. «La escalera hizo arco con un cable de alta tensión. Es una profesión con riesgo».

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